¿Qué escucha un niño cuando nadie está hablando?
- Barrie Montessori

- 14 abr
- 2 min de lectura
Actualizado: 4 jul

Nadie nota ese día. No hay fotos. Pasó repartido en cientos de momentos pequeños, casi todos antes de que él supiera escribir su nombre, y en casi todos había un adulto cerca haciendo algo que parecía menor: terminarle una frase, apurarle un gesto, celebrar un resultado, corregir un error con una microexpresión.
De esa huella quedó algo. Los psicólogos lo llaman autoconcepto y suena a tecnicismo quizás, pero en la vida diaria es una cosa muy simple y muy concreta: la respuesta que tu hijo ya tiene cuando se pregunta, sin palabras, si es capaz. Esa respuesta opera sola. Decide qué intenta y qué evita mucho antes de que la razón alcance a opinar.
Lo difícil de ver es que no se construye con lo que uno decide enseñarle. Se construye con lo que se filtra. Una niña trae un dibujo y escucha "qué inteligente eres", y aprende, sin que nadie lo quisiera, que su valor es una etiqueta fija que algún día podría perder. Un niño se equivoca y lee en la cara del adulto algo parecido a la decepción y archiva que equivocarse es peligroso. Ninguno de esos instantes pesa por sí solo. Es la suma, repetida, la que termina siendo la voz que lo acompaña a los doce y a los veinte, en todos los lugares donde tú ya no vas a estar.
Lo que más nos sorprende a quienes trabajamos en esto no es el daño de la crítica; esa parte casi todos la intuyen. Es el efecto del elogio mal puesto. El "eres brillante", el "eres el mejor", el aplauso que llega por el resultado y nunca por el camino. Suena a amor y de seguro lo es, pero deja al niño dependiendo de una confirmación externa que tiene que renovarse cada día. En cambio, un niño o niña al que se le devuelve el proceso —"te costó y no lo soltaste", "probaste diferentes formas antes de que saliera"— recibe algo que no se quita: la idea de que lo suyo es lo que hace, no lo que otros determinan que es.
Esta semana prueba mirar. Ponte a un costado y observa a tu hijo o hija como lo haría alguien que no es su madre ni su padre, alguien sin nada en juego. Y mientras lo haces, fíjate en un detalle muy puntual: en el instante exacto en que algo le sale bien, ¿hacia dónde van sus ojos? ¿Se quedan en lo que hizo y sostienen un segundo esa satisfacción que es suya y de nadie más? ¿O te buscan a ti, esperando el veredicto?
No hay respuesta correcta. Hay información. Y lo que veas en esos segundos probablemente te diga más sobre la voz interna que tu hijo o hija está construyendo que cualquier texto sobre el tema, incluido este.
Esa voz ya está hablando. La única pregunta que queda es de quién aprendió a hablar.


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