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Los recuerdos también son herencia.

Actualizado: 30 jul

Una vez al año les pedimos algo bastante simple: disponer de media mañana para sentarse junto a su hijo o hija en el suelo. Nada de charlas ni de informes. Solo hacer, al lado de ellos, lo que hacen cada día.


Suena menor. No lo es.


Por unas horas, el lugar donde pasan buena parte de sus días deja de ser un mundo aparte. Les muestran dónde se mueven, cómo hacen las cosas, en qué orden y a qué ritmo. Y descubren que su madre o su padre pueden entrar en ese mundo sin apurarlos ni corregirlos, simplemente estando.


Y entonces aparece algo en lo que quizás no pensamos mientras estamos sentados en el suelo: lo que un hijo se lleva de nosotros no se decide al final, cuando llega el momento de dejar algo. Se va formando en horas como esas, en los momentos en que un adulto simplemente estuvo presente.


Si existe alguna certeza en esta vida, es que algún día seremos un recuerdo para nuestros hijos e hijas. La pregunta, entonces, no es si dejaremos un legado, sino cuál será.


Cuando miramos nuestra propia infancia, casi nunca son los objetos los que permanecen grabados. Son los momentos en que alguien estuvo de verdad: el almuerzo compartido, la hora del baño, aquella tarde en que un adulto se dejó llevar por nuestro ritmo, en lugar de imponernos el suyo.


Ese patrimonio no se hereda al final. Se entrega en vida, un día a la vez, y por eso mismo también puede perderse sin que nos demos cuenta.


Hay algo más: esa presencia nunca estuvo pensada para sostenerse en soledad. Durante gran parte de la historia de la humanidad, los niños no se criaron en hogares con dos adultos agotados. Crecieron en clanes y comunidades, acompañados por muchas manos. La abuela, los tíos, los vecinos y los mayores del grupo: todos tenían algo que aportar a quienes estaban creciendo.


Un niño sabía que pertenecía a algo más grande que su familia inmediata y los padres no criaban solos. Esto no es nostalgia por un pasado idealizado. Es, probablemente, la forma para la cual estamos hechos y, al mismo tiempo, aquello que la vida moderna nos ha ido quitando casi sin que lo notemos.


Reconstruir ese tejido es lo que hemos venido haciendo juntos en cada reunión de apoderados. Esa es también la razón por la que insistimos tanto en la presencia de las familias: creemos en una educación que no se sostiene únicamente en el colegio ni solamente en la casa, sino en la comunidad que ambos construyen.


Hay una edad, además, en la que todo esto se vuelve especialmente urgente. Cuando los hijos crecen, las familias comienzan a entrar cada vez menos en su mundo. Quien es pequeño quiere mostrarlo todo; el adolescente empieza a cerrar la puerta y muchos padres, cansados o heridos, terminan dejándola cerrada.


Pero esa distancia, que parece propia de la edad, muchas veces también refleja un vínculo que dejó de buscarse. Quien aparenta no querer a nadie cerca registra con enorme precisión quién hizo el esfuerzo de entrar en su mundo y quién se quedó esperando afuera a que saliera.


En esa etapa, la verdadera puerta que debemos aprender a abrir ya no es la del ambiente, sino la de su corazón. Y esa puerta no tiene horario de Salón Abierto. Se abre mediante gestos pequeños, casi siempre cuando menos lo esperamos.


En el auto, camino a casa, procura no convertir el viaje en un interrogatorio. Sé tú quien cuente primero cómo estuvo su día. Háblale de algo que te costó resolver, de un problema que enfrentaste, de algo que salió mal o de aquello que te enorgullece haber logrado. Un hijo suele abrirse con mayor facilidad cuando ve que su madre o su padre se sinceran primero.


Ese sábado en que preferirías quedarte en casa, sé tú quien lo lleve y vaya a buscar a la fiesta. Conoce a sus amigos. Conviértete en ese padre o esa madre que está disponible para trasladarlos y acompañarlos. Puede parecer solamente un servicio de transporte, pero es mucho más: es estar presente en el territorio de ellos y, aunque no lo digan, lo agradecen.


Abre también la puerta a las sugerencias de quienes los observan desde otra perspectiva: sus guías y, en ocasiones, algún especialista. No porque algo esté necesariamente fallando, sino porque criar nunca fue tarea de una sola mirada. Recibir esa ayuda no disminuye tu rol; lo acompaña y fortalece.


Cuando durante estas semanas te corresponda participar en la actividad de Salón Abierto con tu hija o hijo, observa su rostro al verte entrar en su ambiente. Allí, en ese instante, podrás ver cómo ese legado comienza a formar parte de sus recuerdos.


Francis Vidal D.

Guía del Salón Antares

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