Pantallas. La ley sacó el celular de la sala. ¿Y de la mesa?
- Barrie Montessori

- 13 jul
- 5 min de lectura
Actualizado: 14 jul

El 30 de junio vence el plazo. Desde esa fecha, todos los establecimientos de Chile deben tener incorporada en sus reglamentos internos la regulación del uso de celulares, tal como lo exige la Ley 21.801. En la práctica, el teléfono ya salió de las salas de clases del país. En nuestros ambientes esa decisión se había tomado antes y no por adelantarnos a nada, sino porque el tema llegó desde adentro de la comunidad. Cuando Soledad Garcés, de la Fundación para la Convivencia Digital, trabajó con niños, familias y docentes, la conclusión fue contundente: hacía falta regular y la restricción no se impuso; nació de un acuerdo. Y esa gran diferencia, es todo el asunto.
Porque si estás leyendo esto, probablemente no seas de los que hay que convencer de que las pantallas en exceso hacen daño. Eso ya lo sabes. Lo que suele faltar no es la convicción, sino las herramientas para sostenerla en casa sin terminar agotado y en conflicto cada tarde. Así que vale más la pena entender por qué regularlas es tan difícil, y por qué esa dificultad no es una falla tuya.
Empecemos por el cerebro, porque ahí está casi toda la explicación. El sistema que busca recompensa —el que se enciende con cada notificación, cada video que se reproduce solo, cada nivel que ganas— está operativo desde muy temprano en la infancia. En cambio, la corteza prefrontal, que es la región encargada del autocontrol, de planificar y de resistir la tentación, no termina de madurar hasta pasados los veinte años. Por tanto, cuando le pides a un niño de ocho años, o incluso a un adolescente de quince, que "se autorregule" frente a la pantalla, le estás pidiendo que use una parte del cerebro que todavía no tiene terminada de construir. No es desobediencia ni falta de carácter. Es que la maquinaria neurológica para autorregularse aún está en obras. Por eso el límite tiene que venir, durante muchos años, desde afuera: lo pone el adulto, porque el niño todavía no puede ponérselo solo.
Pero el punto más importante no es el daño directo de la pantalla. Cada hora frente a un dispositivo es una hora que no se usó en otra cosa: dormir, jugar activamente, conversar cara a cara, aburrirse y salir del aburrimiento inventando algo, tolerar la espera. Y resulta que esas actividades son, exactamente, las que construyen el cerebro. El sueño consolida lo aprendido. El juego activo arma la coordinación y la función ejecutiva. La conversación cara a cara desarrolla el lenguaje y la lectura de emociones. La espera entrena la tolerancia a la frustración. La pantalla no solo ocupa tiempo: ocupa el lugar de lo que más hace madurar. Ese es el riesgo real, y no se mide solo en horas de uso, sino en todo lo que esas horas dejaron de ocurrir.
Aquí aparece una paradoja nueva, que trajo justamente la ley. Como el colegio ahora bloquea varias horas diarias de pantalla, es tentador pensar que en casa se puede aflojar: "estuvo todo el día sin teléfono, que lo use tranquilo en la tarde". El razonamiento parece justo. Pero la investigación sobre estas prohibiciones muestra algo incómodo el “efecto desplazamiento”: los niños tienden a compensar en casa el tiempo que el colegio les quitó, y en varios estudios el tiempo total de pantalla a la semana no baja nada, solo se traslada de horario. El niño, niña o adolescente termina igual que antes: la exposición no se redujo, solo se corrió de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde. Dicho de otro modo, la norma escolar no libera pantallas en casa, hace lo contrario: solo funciona si en casa se acompaña en la misma dirección. La restricción del colegio no reemplaza la crianza; la vuelve más necesaria.
Y aquí es donde conviene ser concreto, porque "regular" en abstracto no le sirve a nadie. Lo que un niño puede manejar cambia mucho según la edad y tener esos tramos claros ayuda a poner límites sin culpa y sin negociarlos cada día.
Antes de los dos años, la recomendación de la pediatría es clara y quizás incómoda: cero pantallas. A esa edad no existe un tiempo "seguro", porque el cerebro necesita manos, voces reales y cuerpos, no imágenes planas. Entre los dos y los cinco años, muy poco y siempre acompañado: un adulto al lado, contenido elegido, nunca la pantalla para que coma o se quede quieto. De los seis a los doce, el acceso puede abrirse, pero con reglas firmes de tiempo y lugar: pantallas fuera del dormitorio, apagadas antes de dormir y jamás desplazando el juego, el deporte, la lectura o el estudio. En adelante es la edad en que conviene retrasar lo más posible el primer teléfono con internet: cada mes que se posterga es tiempo ganado para que el cerebro madure antes de enfrentar algo diseñado para capturarlo. De los trece en adelante, el eje se corre del control al acompañamiento: ya no se trata solo de cuántas horas, sino de estar presente, conversar sobre lo que ven, enseñar a cuidar su privacidad, hablar de los riesgos de navegar solos. Y aun en la adolescencia, dos límites siguen siendo innegociables porque los respalda toda la evidencia: nada de pantallas en la mesa y nada de pantallas en la última hora antes de dormir. Esos dos, sostenidos, protegen más que cualquier discurso.
Nada de esto se resuelve con fuerza de voluntad, ni la tuya ni la de tu hijo o hija. Se resuelve con estructura, que es precisamente lo contrario de pelear la misma batalla cada día. Cuando la regla existe antes de la discusión —cuando ya está puesta y no se renegocia cada tarde—, el niño deja de gastar energía peleándola y el adulto deja de gastarla defendiéndola. Los datos de la propia Fundación para la Convivencia Digital lo confirman: los niños con horarios de pantalla definidos por sus padres presentan bastantes menos dificultades emocionales que los que regulan solos.
Queda la parte más difícil, la que casi nadie quiere escuchar, porque el diagnóstico cómodo apunta al niño o adolescente y rara vez es ahí donde está el problema. Hay un fenómeno que la pediatría llama tecnoferencia: la interferencia que produce el propio teléfono del adulto en su vínculo con el hijo o hija. El niño que crece viendo a las personas que ama con la mirada clavada en una pantalla aprende, mucho antes de tener su primer dispositivo, cuál es el lugar que las pantallas ocupan en una vida. No aprende de lo que le decimos; aprende de lo que nos ve hacer. Por eso el límite más poderoso que una familia puede poner no se enuncia en una regla: se encarna en el ejemplo. Un adulto que deja su propio teléfono lejos durante la comida está enseñando, sin una sola palabra, algo que ningún reglamento escolar puede transmitir.
Al final, ser familia hoy incluye una tarea que hace veinte años no existía: ser guardián del desarrollo de un hijo o hija en un entorno diseñado para capturar su atención antes de que su cerebro pueda defenderse. No es una tarea de vigilancia policial, sino de presencia. Proteger las horas de sueño, el juego sin pantalla, las conversaciones sin interrupciones, el aburrimiento fértil del que nacen las mejores ideas. La ley pudo sacar el teléfono de la sala de clases. De la vida de tu hija o hijo no lo va a ordenar ninguna ley, ni tampoco la voluntad de un niño cuyo cerebro todavía se está construyendo. Esa tarea, con todo lo que pesa, sigue siendo tuya. Y quizás la pregunta más honesta para empezar no sea qué le vas a permitir a él, sino qué estás dispuesto a soltar tú primero.


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