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La Frustración y la Construcción de la voluntad

8 sept
4 min de lectura

El desarrollo de la voluntad es fundamental en la metodología Montessori, porque su propósito no es formar niños que simplemente obedezcan instrucciones, sino personas capaces de pensar, elegir y actuar responsablemente por sí mismas.


El desarrollo de la voluntad permite que el niño pase de actuar principalmente por impulso o por indicación del adulto a dirigir progresivamente su propia conducta.

Gracias a la voluntad, el niño aprende a:

Iniciar una actividad sin depender siempre de una orden.

Mantener el esfuerzo, aunque la tarea resulte difícil.

Postergar una satisfacción inmediata para alcanzar un propósito.

Controlar sus impulsos y regular sus emociones.

Tomar decisiones y asumir sus consecuencias.

Enfrentar los errores sin abandonar inmediatamente.

Cumplir acuerdos y respetar límites.

Confiar en su capacidad para resolver dificultades.


María Montessori entendía la voluntad como una facultad que el niño y la niña va construyendo poco a poco a través de la práctica constante de acciones que tengan un sentido, en un marco de libertad y que muchas veces requiere de esfuerzo.


El esfuerzo es uno de los ejes vitales para el camino de desarrollar la voluntad, es muy importante no quitar los obstáculos en su camino, sino ofrecer un ambiente preparado donde se encuentre con desafíos que estén a la medida de sus capacidades, para que el niño o la niña los pueda enfrentar por sí mismo y salir fortalecido/a de esa experiencia.

Al ir desarrollando la voluntad se va forjando una gran disciplina interior, una capacidad de

elegir y estar consciente de las consecuencias de esa elección y la capacidad de sostener un esfuerzo.


Es importante señalar que este proceso no está libre de frustración. María Montessori no veía la frustración como un estado emocional que hay que evitar, muy por el contrario es una parte importante del proceso cuando surge del esfuerzo genuino del niño frente a un desafío adecuado a su nivel. Es parte de un ciclo que incluye intentar, equivocarse (aquí posiblemente surge la frustración), repetir y finalmente lograr … este ciclo es el que lleva al niño a un estado de calma, disciplina interior y alegría genuina. Lo que si hay que diferenciar cuando la frustración que siente un niño es provocada por un adulto que lo interrumpe para sobreprotegerlo del esfuerzo, o cuando aumentamos demasiado la dificultad exigiendo más.


Entonces, el rol y la actitud del adulto que acompaña es fundamental para permitir y favorecer este camino.

  1. Permite que lo intente y se esfuerce antes de intervenir, es importante resistir el impulso de ayudarlo para que pueda resolverlo de inmediato. Si te pide ayuda, primero pregunta ¿Qué parte te está costando? para acotar la ayuda que necesita, y evitar hacerlo tú directamente.

  2. Prepara el ambiente para el éxito, favoreciendo elementos que el niño pueda manejar según su edad, objetos y muebles a su altura.

  3. Ayúdalo a dividir la tarea en pasos manejables.

  4. Permite el error como parte natural del aprendizaje y no como un motivo de regaño o discusión.

  5. No premies la tolerancia a la frustración con estrellitas o aplausos exagerados. La satisfacción debe venir de lograrlo él mismo, no de la aprobación externa.

  6. Dale oportunidades reales de elección, la voluntad se ejercita eligiendo, no obedeciendo. Es importante que estas opciones sean concretas y limitadas, cuando la elección no tiene límites claros, puede abrumar, sobre todo en niños menores de 12 años.

  7. Es importante acompañar este proceso, para estar atento a las señales, mientras lo está intentando se puede quejar un poco, probablemente está en la zona de esfuerzo productivo. Si se desregula emocionalmente (llanto, tirar objetos, bloqueo total), la tarea puede estar muy por encima de su nivel actual. En ese caso, para ayudarlo a que se autorregule, es importante el lenguaje que ocupes, debe ser un lenguaje que valide su emoción y que le ayude ponerle palabras a lo que le ocurre: “veo que esto te frustra, te enoja. Es difícil. ¿Quieres intentarlo de nuevo o prefieres que te muestre una vez y luego lo intentas tú?”. Hay que evitar frases como “no llores, no es para tanto”, que invalida lo que siente, o resolverle de inmediato el problema, que lo sobreprotege.

La idea es que el desafío exista, pero que sea alcanzable con un esfuerzo medido, no imposible.


Teniendo más claros estos conceptos la invitación es a mirarnos cómo estamos acompañando este proceso como familia.

Mantenemos una crianza sobreprotectora o como se le llama hoy a una paternalidad helicóptero, donde estamos ahí para resolverles las dificultades a nuestros hijos en vez de

acompañarlos en su proceso. O confiamos en ellos y les permitimos equivocarse, frustrarse, tener conflictos y darles la oportunidad de resolverlos a ellos mismos, aunque esto les conlleve a nuestros hijos

un poco de incomodidad, malestar e incluso sufrimiento.


Lo notable es que distintas investigaciones actuales coinciden con lo que Montessori planteaba hace más de un siglo: evitarles a los niños todo conflicto, riesgo manejable o posibilidad de resolver autónomamente sus problemas no necesariamente los protege. Por el contrario, puede restarles oportunidades para desarrollar las herramientas internas que necesitarán posteriormente, como la regulación emocional, la confianza en sus propias capacidades, la tolerancia al estrés y la capacidad para resolver problemas.


Claudia Esquivel - Coordinadora Académica

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